jueves, 6 de febrero de 2014

Contra la Pared

John Mario Gonzalez: Analista político 
quien escribe para Semana On-Line y El Tiempo.

Santos tiene que dejar la sobradez y desautorizar a sus aliados conservadores de descalificar la candidatura de Marta Lucía Ramírez, pues los retos de gobernabilidad son enormes.

Si bien el freno y desplome de Oscar Iván Zuluaga le recuerda al uribismo la dispar contienda de una reelección, y lo pone en las justas proporciones de la negativa campaña que lo precedió, el presidente Santos no puede practicar el matoneo contra sus opositores ni pretender que el control de los aparatos partidistas le será suficiente para un segundo mandato.

De por sí, una de las nocivas consecuencias de la figura de la reelección es que ha desaparecido la tradicional competitividad de las justas presidenciales en Colombia. El hecho se agrava si para la campaña Santos la única opción es que los partidos se plieguen a la reelección o, de lo contrario, se los toma a través de la operación boletos de avión para sus convencionistas o acallamiento de los disidentes.

Tampoco es un buen mensaje suponer que el único modo de continuar las negociaciones de paz de La Habana es con la reelección del presidente. O que valiéndose de la paz el Gobierno hubiera soslayado los procedimientos al darle carpetazo a un referendo, por ahora aplazado, que requiere que sus preguntas sean aprobadas una por una por el Congreso.

Aunque es cierto que hay partidarios de continuar la guerra, la histórica intención del 30,5 por ciento del voto en blanco, sumado al 14,1 por ciento de los indecisos, demuestra que la gran mayoría de los colombianos si bien quiere la paz se resistirá a ser cooptada por eslóganes simplistas.

La ausencia de robustos contendores ha llevado a la campaña reeleccionista al cálculo estratégico y erróneo de presumir que el mero forzamiento de las circunstancias entregará el triunfo en bandeja a Santos.

Pero esa es una apuesta arriesgada, pues a pesar de que la reelección es el escenario más factible, una opinión pública contra la pared y un presidente con varios talones de Aquiles pueden en el corto plazo traerle sorpresas a su campaña, y en el mediano crearle un escenario con grandes dificultades de gobernabilidad.

Si el presidente Santos cayó en septiembre pasado al 21 por ciento en su imagen favorable, y con dificultad supera el 25 por ciento de preferencias, no solo tiene el camino aún incierto para revalidar su mandato, sino que su mayoría en un segundo periodo será volátil.

Pero el presidente tiene varios otros grandes desafíos que con seguridad le complicarán la gobernabilidad. Uno de ellos es que el escenario económico para los países emergentes se deteriora con gran rapidez, lo que afectará los flujos de inversión extranjera y dificultará el financiamiento del déficit de cuenta corriente, un escenario que además puede complicarse de continuar el rezago industrial nacional, el declive del precio de las materia primas, con sus efectos sobre las tasas de interés o el mercado inmobiliario.

El mismo postconflicto, de llegarse a firmar la paz, tiene poca zanahoria. En lo fundamental son unas circunscripciones de paz o representación política a los desmovilizados. Lo demás es la repetición de las buenas intenciones de la Constitución de 1991, de pasar de una democracia representativa a una participativa. Lo esencial será reducir los niveles de violencia a lo cual el país se resiste con tozudez.

Mientras que México tuvo tasas de homicidios de 22 por cada 100 mil habitantes en el punto más alto de la violencia en el año 2012, ya que el año pasado los redujo, Colombia no logra descender de 30 o 32 homicidios por cada 100 mil habitantes, el 90 por ciento de los cuales no están directamente relacionados con el conflicto armado.

Y por si los retos fueran pocos, habrá unos agricultores más ansiosos, ciudadanos menos tolerantes con los carruseles de la muerte del sistema de salud y con la falta de infraestructura.

Así, antes que confiarse del control de los aparatos partidistas, el presidente Santos debe hacer una apuesta de comunicación de largo plazo, de real persuasión de los ciudadanos escépticos, y para comenzar debería desautorizar a sus aliados conservadores de querérsele atravesar a la candidatura de Marta Lucía Ramírez.


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